La historia de Derfel y Ceinwyn

 

No pensé en las consecuencias de la magia de Merlín, en su odio hacia los cristianos ni en el riesgo de perder todos la vida en la búsqueda del caldero mágico allende las fronteras del reino de Diwrnach. Tampoco me detuve a considerar los cuidadosos planes de Arturo, pues en mi mente no cabía más que la imagen de Ceinwyn caminando hacia los brazos de un hombre al que yo odiaba.

Al igual que cuantos me rodeaban, estaba en pie, mirando a Ceinwyn entre cabezas de guerreros. Ya había llegado al gran pilar central de roble, acosada por el estrépito bestial de vítores y silbidos. Yo era el único que permanecía en silencio. Sin dejar de mirarla, coloqué los pulgares en el centro del hueso y sujeté los extremos entre los puños. “Merlín” – pensé -, “viejo tunante, ha llegado la hora de que demuestres tus poderes.”

Quebré el hueso y el chasquido no se oyó entre el tumulto. Guardé las dos mitades en la bolsa y juro que el corazón se me detuvo cuando volví a mirar a la princesa de Powys, que había surgido de la noche con flores en el pelo y que en aquel momento, inexplicablemente, se detenía junto a la gran columna ornada de acebo.

Desde el mismo momento en que entró, Ceinwyn no había paratado la mirada de Lancelot. Todavía le miraba y la sonrisa no se había borrado de su rostro, pero el hecho de que se detuviera tan súbitamente sumió el recinto en el silencio poco a poco. La niña que la precedía funció el ceño y miró a su alrededor sin saber qué hacer, pero Ceinwyn no se movió.

Arturo debió pensar que la habían traicionado los nervios, porque, sin dejar de sonreír, le daba ánimos haciendo gestos con la cabeza. Tembló el cabestro en las manos de Ceinwyn,  y la arpista, tras arrancar una nota falsa a su instrumento, levantó los dedos de las cuerdas. La melodía moría en el silencio cuando, de entra la multitud apiñada tras la columna, vi surgir una figura envuelta en un manto negro.

Era Nimue, con su ojo dorado donde se reflejaban las llamas que iluminaban aquella sala dominada por el desconcierto.

Ceinwyn apartó la mirada de Lancelot y la fijó en Nimue; luego, muy despacio, levantó el brazo envuelto en lino blanco. Nimue le tomó la mano y la miró a los ojos con expresión interrogante. Ceinwyn quedó inmóvil por un instante y luego hizo un leve gesto de asentimiento. El salón se llenó de voces apremiantes súbitamente cuando Ceinwyn dio la espalda al estrado y se mezcló con la multitud tas Nimue.

Cesaron los apresurados comentarios poco a poco pues nadie sabía qué opinar ante comportamiento tan extraño. Lancelot, de pie en el estrado, no podía sino observar a distancia. Artuto se quedó boquiabierto y Cuneglas empezó a incorporarse observando con aire incrédulo cómo su hermana se deslizaba entre la multitud, que se apartaba presurosa ante el rostro desfigurado de Nimue, fiero y despectivo. Ginebra parecía dispuesta a matar.

La mirada de Nimue se cruzó con la mía y sonrió. Mi corazón brincaba como un animal salvaje en una trampa, pero entonces Ceinwyn me sonrió y ya no pensé más en Nimue. Sólo en Ceinwyn, mi dulce Ceinwyn, que cruzaba, con el cabestro de buen en las manos, aquella aglomeración de hombres hasta el lugar en el que me encontraba. Los guerreros se hicieron a un lado pero yo me quedé petrificado, incapaz de moverme o hablar viendo que Ceinwyn se me acercaba con lágrimas en los ojos y, sin mediar palabra, me ofrecía el cabestro.

Un murmullo de asombro nos envolvió, más no hice caso de las voces y, arrodillándome, tomé el cabestro y luego sus manos entre las mías, me las acerqué a la cara, que estaba bañada en lágrimas, como la suya.

La ira estalló en el saló, las protestas y el desconcierto se generalizaron, pero Issa me cubrió levantando el escudo. Nadie podía entrar armado en el salón del rey, pero Issa sostenía el escudo con el emblema de la estrella de cinco puntas dispuesto a derribar al primero que se atreviera a interrumpir aquel inaudito momento. Nimue, por su parte, susurraba maldiciones contra cualquiera que osara oponerse a la elección de la princesa.

Ceinwyn se postró de hinojos y acercó su rosto al mío.

-“Jurasteis protegerme, señor” – me susurró.

-“Así fue, señora”.

-“Os dispenso de vuestro juramento si tal es vuestro deseo.”

-“Nunca” – prometí.

-“Jamás me casaré con hombre alguno, Derfel – me advirtió retirándose ligeramente, pero sin dejar de mirarme a los ojos-. “Os lo ofrezco todo. Excepto el matrimonio.”

-“Es todo cuanto deseo en la vida, señora” – respondí con un nudo en la garganta y los ojos anegados en lágrimas de felicidad; a continuación sonreí y le devolví el cabestro-. “Vuestro es.”

El gesto la hizo sonreír, dejó caer la correa en la paja y me besó suavemente en la mejilla.

-“Creo que esta fiesta” – me susurró al oído con picardía- “será más divertida sin nosotros.” -Entonces nos incorporamos y, tomándonos de la mano, sordos a las preguntas, a las protestas e incluso a algunos vivas de los presentes, salimos a la noche clara. Atrás quedaban la confusión y la ira y, frente a nosotros, una multitud atónira, por entre la cual cruzamos caminando uno al lado del otro.

[…]

-“¿Estáis segura?” -pregunté a Ceinwyn, como si hubiera medio de retroceder unos minutos en el tiempo para que pudiera ofrecer el cabestro a Lancelot.

-“Nunca he estado tan segura de nada” -dijo tranquilamente, y añadió con voz burlona-: ¿Acaso dudasteis de mí en algún momento, Derfel?”

-“Dudé de mí mismo – contesté, y ella me apretó la mano.

-“No soy mujer de nadie, sino mía tan sólo.” -dijo.

Luego, rió de puro gozo, me soltó la mano y echó a correr. De su pelo caían violetas mientras ella corría por la hierba embriagada de alegría. Corrí tras ella y entonces, desde las puertas del salón se oyó la voz de Arturo que nos llamaba.

Pero seguimos corriendo…hacia el caos.

[“El Enemigo de Dios“. Bernad Cornwell]

Nimue

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