Alrededor de Ayna: Mirador del Diablo, Lietor, y Hellín.

Justo encima del pueblo de Ayna, y regalandonos unas preciosas vistas del mismo, se encuentra el llamado mirador del Diablo.

Subida al Mirador del Diablo
Subida al Mirador del Diablo

Desde este punto se puede observar todo el pueblo, el valle del río mundo los picos que rodean a la localidad, las piscinas de la toba.

También es el lugar donde se grabó la escena final de la pelicula, que no os la cuento por si no la habeis visto para no hacer spoiler. Solo diré que… ¡Yo no aguanto este sin dios!

Vista desde el mirador del diablo
Vista desde el mirador del diablo

Después de pasar un rato disfrutando de las vistas, decidimos continuar nuestro camino sin rumbo fijo, y dejandonos decidir finalmente por el camino más recto que nos llevó hasta el pueblo de Lietor.

Habíamos oido hablar de que tanto Lietor como Letur merecían la pena una visita, y finalmente nos decidimos por el primero por cercanía, ya que llevabamos encima ese ritmo lento que se nos había metido en el cuerpo desde el momento en que pisamos Riópar.

Lietor es también un pueblo chiquito, aunque eso sí, más grande que Ayna. Nada más llegar un lugareño nos vió toda la cara de forasteros y empezó a explicarnos el funcionamiento de una acequia que pasa justo por debajo de un monasterio, (el típico sitio donde te esperas que antiguamente hubiese habido una noria de un molino).

Convento de las Carmelitas Descalzas desde la base de la acequia.
Convento de las Carmelitas Descalzas desde la base de la acequia
Acequia junto al convento, Lietor.
Acequia junto al convento, Lietor.

Siguiendo el ejemplo de los lugareños, bebimos el agua de la quijotesca Fuente del Pilar, por si acaso tuviera propiedades mágicas y nos convertiamos en gigantes o en unicornios, pero finalmente no pasó nada.

Fuente del Pilar. Lietor.
Fuente del Pilar. Lietor.

Estuvimos una hora larga paseando por las calles, y escuchando aquí y allí los ensayos de las bandas escolares del pueblo que se preparaban para salir en alguna procesión.  Encontramos rinconcitos interesantes en el pueblo, pero pronto sentimos que había llegado el momento de partir para inspeccionar otro lugar. Lietor

Lietor
Lietor

Por un momento pensamos en darnos la vuelta e intentar ir hasta Letur, pero al final decidimos que eran muchos kilometros y pensamos en seguir hasta Hellín, a ver qué nos esperaba por allí. Por el tamaño de la mancha que representaba la ciudad en el mapa nos esperabamos que fuera bastante más grande que Ayna o Lietor, como efectivamente así fue.

Hellín
Hellín

Lo que más nos sorprendió de Hellín era que en cada tienda que pasabamos, ya fuese una optica, una panadería, una farmacia, una tienda de chucherías o una peluquería, había carteles que decían que se vendían baquetas para tampores, o tampores, o pieles para tambores.

¡La fiebre del tambor! Pensamos. Pero no. Resulta que el sobrenombre de la ciudad de Hellín es “La Ciudad del Tambor”, y como precisamente estabamos en Semana Santa, pillamos el negocio en pleno apogeo y a la gente liada preparando su tamborillada. Por desgracia, (o por suerte, teniendo en cuenta el dolor de cabeza que llevabamos quizá por los nublos), no vimos el ruidoso evento en sí.

Otra cosa que nos llamó mucho la atención fue el estado de las casas por las que pasabamos conforme ascendíamos por el pueblo. Todo parecía estar a punto de caerse a pedazos. Nos dió la sensación de que nos estabamos metiendo en un barrio “chungo”, pero cada vez que se abría una puerta, lo que nos encontrabamos era gente joven de fiesta, o familias arregladas de arriba abajo para ir a ver las procesiones. Hellín

Hellín

La verdad es que con un poquito de inversión aquí se podría dejar la ciudad más que interesante.

Encontramos las puertas de la iglesia abiertas de par en par, y el interior del templo a rebosar de gente que hablaba a voces, con todos los pasos fuera de sus capillas, y no sabemos si listos para salir a la calle o para volver a ellas. El caso es que después de las soledades de Ayna y Lietor, tanta gente no le sentó bien a mi espiritu y decidí que ya había llegado la hora de volver a casa. Y menos mal que así lo hicimos.

Por el camino nos cayó La Tormenta, con mayusculas, que ni con los limpiaparabrisas del coche a todo lo que daban podíamos ver nada. La verdad es que con mi capacidades de conducción nocturna, me asusté un poco, pero menos que si no hubiera llevado el coche yo, porque al menos sentía que tenía el control de la situación. Menos mal que había un poco de luz en el horizonte y eso servía para ver un poco mejor por donde iba la carretera. Pudieramos pensar que iba a ser un fastidio llegar a Ayna con la tormenta y sin casi poder salir a cenar algo, pero, milagrosamente, conforme tomabamos las curvas que llevan al mirador del diablo de nuevo, las nubes sobre nuestras cabezas se disipaban, y nos quedamos con una noche fresca pero paseable. Lo justo para cenar algo en el hogar del jubilado, y volver al hostal para pasar nuestra última noche en Ayna.

Ayna - Hostal Miralmundo
Ayna – Hostal Miralmundo

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4 Comments

  1. Como siempre encantador el relato, me quedo con ganas de continuar el viaje. Ah casi he sentido el frío de la noche después de la tormenta

  2. francisco casares

    Yo no sabia nada de estos relatos de vuestro viaje. No digo que nadie me haya dicho nada, sino que yo no lo sabia (no lo habia computado).
    Tambien sigo con ansiedad la llegada del próximo episodio. (No es coña, puritita realidad) Es otra forma de viajar, disfrutando con “mi adorada viajera”. T. Q. Dad

  3. Jejejeje ¡Vaya tela el cartel de “El mirador del diablo” Con sus florecitas super monas 😀
    Qué bonitos los arcos de Lietor. Tantos rincones bonitos que esperan ser visitados…

  4. Pingback: Ayna (II) | El Caldero de Nimuë

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